POR: Pau García Solbes
A veces la providencia se encarga de poner la miel en la boca del burro y eso es lo que me sucedió a mí con el café durante el viaje a Colombia de hace unos meses. Seamos sinceros: no me gusta el café. Dicen que es la bebida que mueve el mundo, pero nunca le he pillado el truco. Aún así, tuve la gran suerte de recorrer los parajes donde nace el mejor del mundo y eso son palabras mayores.
Recorrer el departamento del Quindío es como estar navegando por un mar embravecido de olas esmeraldas. Todo el paisaje está teñido de un verdor extraordinario y las carreteras, que zigzaguean sin parar, te deparan una sorpresa en cada una de las curvas que vas dejando atrás.
Hay algunos puntos que son realmente hermosos y que merecen una parada para contemplar la belleza del Quindío y la parte norte del Valle del Cauca. Por ejemplo, la pequeña localidad de Buenavista que hace honor a su nombre con unas panorámicas extraordinarias de este universo verde.
Allí precisamente es donde se encuentran las plantaciones que dan origen al famoso Café de Colombia, un grano que adquiere sus extraordinarias propiedades gracias al clima de esta región montañosa y a la altitud que oscila entre los 1.500 y los 2.000 metros sobre el nivel del mar.
Visita a una hacienda cafetera
El departamento del Quindío está repleto de haciendas cafeteras donde el viajero puede vivir la experiencia de ver con sus propios ojos el proceso de elaboración, aprender más de la historia o profundizar sobre la distribución del café. Colombia es el tercer mayor exportador del mundo, aunque sólo cultiva café arábigo en sus plantaciones.
A pesar de que en sus campos crece el mejor café del planeta, el de mayor calidad se comercializa fuera de Colombia. De hecho, el café que puedes tomar en los puestos callejeros o restaurantes es de bastante ínfima calidad y se conoce con el nombre de tinto. Pero en el Quindío la situación es muy diferente. «Aquí muere el tinto y nace el café», me contó un apasionado de la materia en Salento.
Nosotros tuvimos la gran suerte de visitar la Hacienda San Alberto, una de las más prestigiosas de Colombia. Allí nos explicaron toda la vida y milagros del café en un entorno realmente envidiable. Merece muchísimo la pena pasear por las plantaciones y escuchar todo el storytelling que hay alrededor de un producto tan preciado como el café.
La cata del café de Colombia
A los amantes del buen café seguro que les apasiona la experiencia de asistir a una cata en una de las mejores haciendas cafeteras del mundo. Para mí sería como ir a una de las mejores cervecerías. Sin embargo, no lo viví con demasiada intensidad porque no me gusta el café (reitero eso de que no está la miel hecha para la boca del burro) y porque ese día tenía un resfriado de tres pares de narices que me impidió disfrutar a tope de esta vivencia.
Aún así me lo pasé muy bien viendo como mis compañeros intentaban descifrar los secretos de aquellas muestras de café. También aprendí unas cuantas cosas sobre la preparación del café, como por ejemplo que se debe introducir 4 minutos en agua caliente y no hirviendo, ya que el café ya va tostado. Si el grano molido está demasiado tiempo en el agua o se infusiona a una temperatura muy elevada se puede quemar.
En la cata hay varias fases, que tratan de distinguir el color, la molienda y la fragancia del café. En la Hacienda San Alberto nos dieron muy buenos trucos para saber distinguir un tinto de un café, aunque a mí la parte que más me gustó fue la de apurar una taza de su oro líquido en su terraza mientras contemplaba las fabulosas vistas del eje cultural cafetero de Colombia.
En el viaje a Colombia descubrimos un país con muchas caras hermosas. La Cartagena de Indias monumental, las playas caribeñas de las islas del Rosario o del PNN Tayrona, la Barranquilla carnavalera… pero si me tuviera que decantar por uno de sus muchos rostros preferiría tener más tiempo para descubrir el eje cultural cafetero y volver a cantar aquello de «ojalá que llueva café… pero de Colombia«.
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